“Lo imposible” es una película extraordinaria. Sabe arrancar las lágrimas pero no las va a buscar. Es el propio dolor emocional de los personajes, sus miedos e interrogantes los que nos hacen sufrir con ellos.
Sabemos que es una historia real y que afortunadamente todos regresaron vivos del tsunami que azotó el sudeste asiático el 26 de diciembre de 2004
La familia se encontraba en la piscina de un complejo hotelero en la costa tailandesa cuando llegó el tsunami. A partir de ahí, la separación y la búsqueda. Porque no es una película de desastres, aunque se nos muestra un maremoto hiperrealista que bascula entre las grandes escenas rodadas en el plató acuático de Ciudad de la Luz, Alicante, y la mirada subjetiva y sensorial del que lo padece. Es una película sobre la búsqueda y el desconocimiento. Sobre la agonía de perder en solo un momento todo lo que realmente vale la pena.
Hay que notar la fuerza de los detalles y lo que no se nos dice. Así, la escena del avión al final, pequeñito, volando en un cielo inmenso, puede darnos la idea de lo insignificantes que somos, al igual que la escena de las estrellas. O esa mano de María aferrada al árbol, con el anillo de matrimonio, como referencia al recuerdo de su marido. O la manita de Daniel acariciando el cabello de una madre para él desconocida.
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